miércoles, 29 de julio de 2009

El verano de Vancouver


Ya me advirtieron de la posibilidad de pasar calor en Vancouver, a pesar de que yo me empeñara en repetir que aquí no tienen noción de lo que calor significa. Si no han pasado por los primeros días de terral que el mes de junio abofetea a Málaga, si no han pasado por la feria de agosto y si no han visitado el interior de las provincias españolas, -sobre todo las del sur- en verano, no pueden hablar de calor.

Pero así es, después de un viaje -que prometo relatar próximamente-, hacia Rocky Mountains donde el frío y el calor intentaban compensarse, me encontré de vuelta, un 7 de julio, con una lluvia y un frío poco característico de lo que yo entiendo por mes estival. Más de una semana con unas nubes tontas que se llevaron consigo el moreno que había conseguido en una ola de calor que pasó por Vancouver. Mientras una parte de mí se cabreaba un poco... la otra, sin embargo, estaba contenta porque sería un verano único y diferente.

En verano, Vancouver es como cualquier ciudad en la que hay verano... eso sí, impredecible como él solo. Igual hay tres días de sol y calor que tres días de un nublado con reflejo otoñal.
Centrémonos en los días de sol y calor, esos días en que digo a los vancouveritas... ¡¡¡esto es verano para mí!!!
Bien, cuando el calor toma asiento, todas las playas se abarrotan de gente, sin sombrillas ni paletas, pero con platillos volantes y troncos en la arena.
En Kitsilano hay una piscina y es impresionante ver las colas que se forman aunque sean casi las siete de la tarde. Como en todos sitios, los helados y refrescos suben de precio y es la época en que la agenda cultural se colapsa de festivales y conciertos.

Cuando una ciudad tiene encanto, con cualquier clima tiene buena cara. Eso sí, cuando es el sol quien la abraza, no hay color... precisamente por la cantidad de color que predomina. Eso es lo que le sucede a Vancouver. Con el verano, la ciudad es aún más bonita; no obstante, si hubiera que mencionar algún punto negativo, es que el césped se pone amarillo. Porque... ¿qué gobierno va a invertir en aspersores para quince días seguidos, como máximo, sin lluvia? Suena a todo menos a inversión. Por eso, esta gente que por lo general se caracteriza por ser optimista, cuando ven la la llegada de las nubes se ponen hasta contentos pensando en lo verde que se va a poner el césped.

Disfruto del amanecer que empieza a las cuatro de la mañana, pero me quedo sin palabras con el atardecer a las nueve y pico de la noche, donde no importa si estás en una montaña, en una terraza o en una playa... Bueno, sí importa, porque cuando es en la playa quieres fotografiar cada segundo que pasa para quedarte con cada tonalidad. Y haces una foto, y después otra... pero la belleza que ven tus ojos es tan superior a la que la cámara refleja, que decides parar para que esos colores se queden en tu retina, retener cada movimiento del sol y respirar hondo en cada peldaño que baja, hasta esconderse en las montañas. Y es cuando me gustaría volver veinte minutos atrás para repetirlo una y otra vez...

Ahora sí puedo decir que merece la pena ver el verano de Vancouver, haber pasado tanto frío, interminables días de lluvia, niebla... ha merecido la pena pasar por el anochecer de las cuatro de la tarde, para ahora, verlo a las nueve y media de la noche sin gorro ni abrigo.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno, lástima no poderlo vivir...afortuna por leerlo y también de que me nevase... Vancouver FoReVer :)

Rósio